Miguel Romero

Miguel Romero


Ya no se oirán dulzainas en el barrio de San Miguel

16/11/2022

La Cuenca histórica, en su casco antiguo, tuvo en tiempos de repoblación unas catorce parroquias –dicen los documentos- que como collaciones distribuían la vecindad siguiendo las ordenanzas de su Fuero. Una de ellas, fue la parroquia o collación de San Miguel Arcángel, santo al que era común devocionar en estos tiempos.
Tal vez, los primeros habitantes de este barrio fueran gentes dedicados al cultivo y tratamiento de las huertas de la ladera que confluía entre su barrio y el río Júcar o bien, atender oficios derivados de la industria textil, pues un buen Batán ocupaba la ribera del río, descendiendo para su uso y oficio por la llamada puerta de la Buharda.
De una u otra manera, esta iglesia construida en el siglo XIII, con una estructura muy simple: una nave de mampostería que se cubría con armadura de madera y un ábside semicircular en un extremo y torre a los pies, ha sido hasta este momento lugar de encuentro cultural para conciertos de música o para el pregón de una Semana de Pasión conquense.
Cierto es que en el siglo XVI, la labor de Esteban Jamete y el maestro de cantería Pedro de Yrizar, le dio esa peculiar estructura que ahora le define, con cúpula ovalada, decorada por motivos florales y la singularidad de su entorno.
Y es ahí donde quiero llegar, a su entorno, a ese enjambre de casas que le rodean y donde un altillo con escalones de piedra te señala el lugar que regentara Herminio Carrillo, el dulzainero por excelencia, el músico más popular que ha dado Cuenca en tiempos modernos, dulzainero de postín, amigo de sus amigos, creador del grupo Tiruraina, músico y docente, hombre de escuela, honesto y simpático, bonachón y maestro de tantos y tantos amigos de la música más histórica y tradicional.
Nos ha dejado a mitad de una vida que debía de dar mucha más riqueza, alegría y enseñanza; se ha ido porque no entendía la vida sin su hijo y el corazón ha dicho basta; ha dejado un tremendo vacío en la armonía musical de una ciudad y nos ha dejado sin esa solfa, voz y melodía, a fuerza de romance, de jotas, de músicas de pasión y jolgorio, de tonadillas, de serranicas, de himnos y de tradición. Ya no se oirán las dulzainas –sobre todo la suya- en ese barrio de San Miguel, en la Plaza Mayor, en el Paseo del Huécar donde vivía, en la Carretería y en la provincia de Cuenca, pueblo a pueblo. ¡Qué tristeza me embarga, amigos!