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Javier Ruiz

LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Sergio Serrano

16/09/2021

Es heredero directo de los valores que el maestro Dámaso González sembró durante mucho tiempo tantas veces en Albacete. Un titán de la tauromaquia más grande cuanto más humilde, he ahí su verdadera fortaleza. El triunfo de Sergio Serrano esta Feria de Albacete ha sido el del pundonor, la pureza y la valía. Un torero de cuajo y antiguo, regurgitado del tiempo, con la inteligencia y claridad de los héroes mitológicos que tejían historias sobrehumanas. Así es Sergio Serrano y su circunstancia, la del joven muchacho que busca su camino y lo encuentra. El martes por la noche, tras la corrida de Victorino con Rubén Pinar, era un hombre feliz. Cortó tres orejas y salió a hombros con su compañero. Está de dulce, como se dice en jerga taurina, y es capaz de torear hasta una mesa. Todo lo que toca lo convierte en tauromaquia.
Conocí a Sergio hace varios años, los mismos que llevo viniendo a Albacete para hacer la Feria taurina en Onda Cero. Desde el principio, me pareció un chaval excepcional, distinto, diferente. Para empezar, hablaba, tenía discurso… Y un discurso muy elaborado, poco propio de los toreros, que suelen ser parcos en palabras y cuesta que te enhebren tres o cuatro frases seguidas. Enseguida me di cuenta que Sergio era otra cosa, un crisol de valores abierto de par en par dentro de la llanura manchega. Con una cadencia en el habla y una dulzura en la dicción que no se correspondían a la figura del torero contrahecho. Es moreno, oscuro, curtido de sol y viento, pero deja al aire su claridad de vida y humanidad. Por eso digo que veo en él el reflejo de Dámaso, de quien tanto escuché y a quien tanto alabaron.
La tauromaquia es una verdad desnuda que escandaliza porque hemos querido quitar de la vida la muerte, sin darnos cuenta que son lo mismo y una moneda de doble cuño. El martes Sergio estuvo sensacional, con un oficio legendario en sus muñecas y una destreza descomunal. La inteligencia batió sus alas sobre las sienes y meneó la fuerza bruta como quiso. Y eso que los toros de Victorino hicieron honor a su leyenda y ratonearon como liebres que buscan madrigueras en los tobillos de los toreros. Hubo varios silencios sepulcrales en la plaza a lo largo de la tarde, de esos que se escuchan, que vierten los trigos en la llanura, que huelen la muerte en los cipreses. Porque cuando hay emoción en los toros, la liturgia es incomparable. Ni una Misa Mayor oficiada por el Papa trae tantos devotos ni convierte a tantos fieles. La corrida del martes en Albacete debería ser guardada y proyectada en los colegios. Para explicar la tauromaquia, para encender miradas, para callar bocas. Un arte no se aprecia si no se entiende. Y en eso, los taurinos hemos sido parcos, como los toreros, en palabras. Si tú no entiendes a Kandinsky y su pintura abstracta, jamás podrás apreciarlo ni valorarlo. Si no te explican la tauromaquia, es imposible que comprendas la belleza ética que encierra una estética redonda. A poca sensibilidad que se tenga, en una tarde de toros encuentras más obras de arte que en el Museo del Prado. Sobre todo, si es una tarde como la del martes.
Sergio Serrano ha pegado el aldabonazo de la torería y ojalá las puertas de Madrid y Sevilla, las dos únicas ferias mayores que las de Albacete, les abran sus puertas para seguir creciendo. «Solo soy un hombre que busca su destino y lucha por sobrevivir», me dijo el martes por la noche tras el triunfo. Su trono es la humildad y su brillo, la bondad del alma. Maestro.