LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Luis Alba y los cielos de Toledo

11/06/2020

Este jueves relumbrará más que el sol la sonrisa eterna de Luis Alba, probablemente el toledanista que más y mejor me enseñó a querer esta ciudad, amarla, hacerla mía y abrírmela en canal. Es el primer Corpus sin su presencia, un Corpus tan diferente en todos los sentidos. Hoy no saldrá la Custodia por las calles ni serán sus campanillas las que alegren los oídos de los toledanos a su paso. Tampoco se abrirán los cielos de Toledo, la expresión con la que Luis definía los toldos que cubren el recorrido procesional y que semejan la prolongación del palio y las bóvedas de la Catedral. Hoy será un Corpus distinto, menos brillante, pero íntimo, de intensa celebración interior. Hoy la Eucaristía prenderá en el corazón del creyente y la caridad anidará en su seno. Ya pudiera yo tener todos los dones del mundo, que si no tengo amor soy como campana que suena o címbalo que retiñe.
Luis me dio lecciones de vida impagables en la radio. Por supuesto, de Historia; pero sobre todo de esa otra intrahistoria que se pierde entre las callejuelas de esta ciudad. De entre todas, me sorprendió la suya personal. La conté el día de su muerte en antena por vez primera y la escribo hoy aquí como reconocimiento a su figura humana y profesional inconmensurable. Su padre, el capitán Alba, fue uno de los sublevados en el Alcázar en julio del 36 bajo las órdenes de Moscardó. Andado el asedio y dadas las penosas condiciones en las que permanecían familias enteras dentro de sus muros, se plantea la posibilidad de un contacto exterior, alguien que saliera del Alcázar para enlazar con las tropas de Franco que venían de camino. El capitán Alba se ofrece voluntario y es disfrazado para no ser reconocido. Sin embargo, a la altura de Maqueda, un niño lo identifica, al darle clases en el colegio. Las tropas republicanas comprueban, en efecto, que su identidad corresponde con la del docente que dice el niño y con la del sublevado en el Alcázar. Es fusilado de forma inmediata.
Terminada la guerra –me cuenta Luis en un pasillo de radio, una mañana que no olvidaré mientras viva, después de una de las innumerables grabaciones que hacíamos-, su madre lo llevó al penal de Ocaña. Él era un niño de apenas seis o siete años, no más. Al pasar de la mano, quedaron detenidos frente a un hombre enfermo, mugriento, que probablemente fuera fusilado más tarde. Su madre le dijo: «Este es el hombre que mató a tu padre. Mira en qué condiciones está; acércate, dale un beso y perdónalo». Y Luis concluye: «El frío de la mejilla no lo olvidé jamás». La Transición de golpe, abrupta, como un manotazo helado, cuarenta años antes de que fuera posible y los españoles decidiéramos dejar de matarnos y arreglar las cosas como gentes sensatas.
Este era Luis Alba, un personaje fascinante, único, de los que hay que dar gracias a la vida por haberlos puesto en el camino. Un Corpus decidió venirse conmigo al balcón de la Delegación del Gobierno, desde donde retransmitíamos la procesión en Onda Cero. No le gustaba demasiado Zocodover para el desfile, pero accedió para alegría nuestra y los oyentes. Recordar cómo contaba entonces, mientras hacíamos tiempo, la leyenda de los misales allí mismo donde ocurrió, en Zocodover, todavía me estremece. Luego se perdía por las calles y buscaba el rincón que él solo conocía para ver mejor su Custodia.
Luis, amigo, Toledo llorará por ti mucho tiempo pues pocos la quisieron tanto y tan fieramente. Como si pareciese predestinado, en señal de luto hoy, en el Corpus, no lucirán tus cielos de Toledo.