PAISAJES Y PAISAJANES

Antonio Pérez Henares


La bendición del espliego

Los campos de lavanda en las Alcarrias son una hermosa y creciente verdad. Es maravilloso, por supuesto, que las gentes vengan a disfrutar de su belleza y sus olores. Bienvenidos de corazón, y si se llevan unos granos en la mano y otros en el corazón y los esparcen por doquier aún les estaremos muy agradecidos. Los alcarreños queremos dejar de ser, ya lo hemos dejado bastante, «un hermoso país al que la gente no le da la gana ir» (Camilo José Cela. Viaje a la Alcarria) y les aseguro que no encontrarán mayor hospitalidad, aunque, eso sí, siempre que haya respeto. Por las gentes, por la tierra y por las plantas también.
Que el visitante ha de saber que aquello que visitan y ven no sería ni estaría así si no fuera por personas que allí viven y laboran. O sea que esos campos tienen dueños que los cuidan y que lo mismo que el coche en que llega el viajero es suyo las tierras son también de alguien y que eso de que a lo agrario haya urbanitas que lo proclamen «de todos» no parece que estén muy dispuestos a aceptar a la recíproca que por la misma regla de tres de todos también, y por las mismas, sería su piso o su chalet. Pero vamos, que con una miaja de buen entender vamos a llevarnos bien. Un saquito de granos de espliego, si lo piden, hasta se lo pueden obsequiar.
Lo importante, más allá de la moda, que esperemos se perpetúe, de admirar su floración, es lo que el cultivo de la lavanda está comenzando a significar para estas tierras cada vez más vacías. Su cultivo avanza y se extiende. Supone mucho más que una novedad porque implica en muchos casos poner en cultivo tierras que habían quedado yermas y baldías. Significan vida para el campo y para los labradores. Pueden también conseguir eso de lo que tanto se habla y tan poco se hace, detener y revertir la despoblación.
Y alguna esperanza asoma. No solo por la lavanda en las tierras más pobres e improductivas sino por otros cultivos que están demostrando su acierto y hasta han conseguido el milagro de multiplicar las poblaciones de algunos pueblos. El mejor ejemplo de todos está siendo el espárrago convertido en el maná de muchas pequeñas vegas. Pero hay más. En las labores de secano aparecen o reaparecen siembras desconocidas u olvidadas como el cardomo o la colza o los guisantes, los garbanzos o las lentejas. O esas nuevas y bien alineadas plantaciones de almendros, olivos, pistachos o nogales que alegran la vista. Es el campo vivo que me gusta ver y en el que, eso también, hecho mucho de menos los rebaños. Ese vacío es cada vez mayor y no parece que haya forma de parar su cada vez mayor extensión.
Pero quiero volver a la lavanda. O mejor dicho al espliego, el salvaje y que por aquí siempre creció y crece y que era lo que de chaval segaba por las cuestas del monte para sacarme unos duros al llevarlo a donde, allá por los 60 y principios de los 70, ponían cada agosto la caldera, justo al lado de caz del Henares. Allí se instalaban cada verano en Bujalaro y allí íbamos los chicos y no tan chicos a entregar nuestras gavillas segadas con hoz y traídas a lomos de burra o mula o a cuestas.
El recuerdo más imborrable que de aquello me queda y permanece tan vivo que al rememorarlo lo vuelvo a sentir es el del olor. Al atardecer, extraída ya la esencia, el Estanquero, que era el encargado de almacenarla, se la subía en dos cubos, andando por el camino del río. Al caminar se le derramaban, a veces, algunas gotas y su aroma se expandía por todo el espacio y perduraba durante horas. Hoy sigue impreso en mi memoria y no existe otro tan intenso y placentero para mí como aquel.
Lo volví a sentir al envolverme hace tan solo unos días cuando salí al reír el alba y fui subiendo por las costeras de Henarejos y el tallar hacia la Alcarria y los cielos me premiaron con un algarazo de una tormenta que venía por el Pico de Jadraque y que levantó todos los aromas salvajes de la tierra que me vio nacer.