Fuentes y fuentecillas animan las calles de la ciudad

José Luis Muñoz
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Fuentes y fuentecillas animan las calles de la ciudad

La verdad por delante: no se exactamente cuántas fuentes hay en Cuenca y a lo mejor no lo sabe nadie con total precisión. Una vez, hace tiempo, lo pregunté, solo por curiosidad y sin ninguna otra intención y descubrí que producía cierta molestia en el presunto informante, de manera que lo dejé pasar y no he vuelto a intentarlo. A falta de ese dato, a ojo de buen cubero, como corresponde a un paseante urbano y por los alrededores de la ciudad podría citar varias docenas, que además tengo fotografiadas, pero con total seguridad hay bastantes más. Afortunadamente, en nuestra ciudad hay abundancia de manantiales naturales que en la mayor parte de los casos se canalizan de manera adecuada en busca de un soporte por el que poder brotar, algunos son muy simples, apenas un piloncillo, pero eso no le impide tener gracia natural, como ocurre con la fuentecilla de la calle de San Pedro. En otros lugares hay fuentes extraordinariamente monumentales. No es el caso de Cuenca, donde la mayoría tiene una estructura modesta, muy sencilla, adaptada al espacio urbano en el que están situadas y con un diseño igualmente funcional.

Una fuente tiene sentido pleno cuando por sus caños mana agua. No hay sensación más placentera a la vez que estimulante que oír el rumor de un chorro de agua cuando cae en la pileta y mejor cuanto más silencioso es el ambiente. Una fuente sin agua es como un ser vivo sometido a un injustificable castigo. Si, además, la fuente en cuestión tiene forma humana, el daño es aún más doloroso y eso creo yo le pasa a mi fuente preferida, la Aguadora de la Plaza de San Nicolás, esa delicada pieza escultórica obra de Leonardo Martínez Bueno que debería figurar en el catálogo de maravillas urbanas de esta ciudad y que sin embargo, por algún extraño designio humano, hace años que viene estando sometida a una permanente sequía. Ni siquiera ha merecido el detalle de ser incluida en la lista de fuentes beneficiadas por la tarea reparadora que se va a emprender y que merece todos los elogios posibles, aunque se le puede poner una pequeña pega: ¿por qué sólo siete? ¿no se podía haber hecho un pequeño esfuerzo económico e incluir diez, doce o veinte y dejar un admirable paisaje urbano?

La siete seleccionadas tienen méritos suficientes para recibir estos cuidados reparadores. Son la de La Canaleja, la de la calle Julián Romero, calle de las Armas, Plaza Mayor, Los Canónigos, Las Arenotas y Fuente del Oro. En la explicación justificativa de esta intervención municipal se dice que son fuentes que tienen un carácter emblemático por distintas razones y que se restaurarán de forma integral, colocando además cartelería explicativa y recuperando con ello la memoria histórica que albergan. Eso está muy bien, porque todo lo que sea aportar información ayuda y no solo a los visitantes curiosos sino también a los ciudadanos locales que lo necesitan y mucho, si atendemos a las barbaridades que algunos sueltan de manera insensata en las redes sociales, ese mecanismo por el que la incultura y la insensatez caminan desbocadas.

Sobre las fuentes de Cuenca escribió un bonito libro José Luis Lucas Aledón, que de esta materia sabía mucho y además la trataba con esa mezcla de poesía y conocimiento que formaba parte de su manera de ser y escribir. Uno de sus poemas los dedicó a las cuatro fuentes iguales que el Ayuntamiento implantó en la ciudad a mediados del siglo XIX: «Eran cuatro hermanas: / la primera fue muerta / por los picos en la madrugada. / La segunda fue presa. / La tercera de pena loca / muere mancillada. / La cuarta, amante del hacendado, / opulencia mana. / ¡Ay, que yo quiero a las cuatro fuentes! / ¡Ay, a las cuatro fuentes hermanas!».

La primera estaba en Cuatro Caminos y de ella no queda ni el recuerdo; sus piedras fueron utilizadas como pavimento en la carretera de Valencia. La segunda es la de San Fernando dondeparaba la diligencia de levante, para que viajeros y caballerías repusieran fuerzas con su rica agua. Fue desmontada pieza a pieza y encerradas en los almacenes municipales, hasta que alguien tuvo la buena idea de recuperarla y volverla a colocar. La tercera es la de la Fuensanta, a la entrada de Madrid, donde sigue estando, aunque no en el mismo sitio porque en las últimas obras de urbanización fue trasladada a una nueva ubicación. La cuarta es la del hacendado, la de la Plaza Mayor, bien tratada por su vecino más ilustre, el Ayuntamiento, que en 1854 la coronó con el cáliz y la estrella. Calma la sed de todos los usuarios de la plaza, desde nazarenos a vaquillas, dice el cronista de este canto nostálgico hacia las fuentes de Cuenca, a lo que se podría añadir aquí que también lo hacen perros y palomas, y antes las caballerías, porque el agua es un elemento democrático y liberal, que a todos sirve, sin distinción de clases sociales ni de especies animales.

Otras fuentes entrañables ponen simpatía y sonido rumoroso en muchos rincones de la ciudad. Yo tengo cierta tendencia sentimental hacia la de Santo Domingo, por aquello de haber sido protagonista en Calle Mayor. De la fuente de la Doncella ya no se acuerda nadie, aunque sigue existiendo una calle con ese nombre; curiosa ironía. La Fuente del Sol, que estaba al final del camino de la Mancha, también se evaporó un mal día. Un amable canónigo, de entrañable recuerdo, me decía en tono pícaro: «Yo se dónde está, yo sé en qué finca la tienen». Me picaba la curiosidad y yo le seguía el juego, confiando en que un día cualquiera revelaría el secreto, pero se murió de improviso y, como se suele decir, llevándose el secreto a la tumba. La Fuente del Abanico dormita con su bonita leyenda, lo mismo que las de Don Fernandico y Doña Sancha. Y en el arranque de la carretera de Valencia, la pequeña Fuente de la Mota demuestra, con su simbólica presencia, que los romanos sí estuvieron por aquí, aunque nadie parece saber cómo ni cuándo.