OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Privilegio

14/07/2020

Me gusta viajar. Me resulta apasionante descubrir lugares nuevos. Sin embargo, me siento especialmente a gusto cuando renacen en mí sensaciones experimentadas tiempo atrás y ello se da cuando regreso a escenarios que en el pasado ocuparon gratamente un tiempo de mi vida. Si lo hago acompañado, mejor aun. Cierto es que, en ocasiones, la única compañía que desearía es la de mi máquina de fotos, ésa que permite, en muchas ocasiones, capturar imágenes que posiblemente no llegue a compartir jamás con nadie. De niño aprendí que viajar en el espacio era mucho más difícil e ingrato que hacerlo en el tiempo. De adulto sigo con esa convicción y a ello me afano siempre que puedo. En pleno siglo XVIII he pisado las calles de mi ciudad. He paseado de la mano de los colonizadores del nuevo mundo en el XV y he sentido qué se experimenta al desplazarse por el cielo volando con el único impulso que te proporcionan tus brazos. Desde hace lustros, al menos una vez al año necesito viajar a la Welton Academy de finales de los 50 para, a la luz del poema de Whitman en boca Keating, seguir sintiéndome vivo, constatando que mi aliento aun tiene mucho que empañar y mesas de aprendices que sobrevolar. Mucho menos de lo que quisiera, vuelvo de vez en cuando al Madrid de Carlos III para constatar perpetuamente que los sueños que persiguen quienes sienten honestas y verdaderas ilusiones y pasiones, tienen muchas veces pocas opciones de hacerse realidad pues el pueblo no siempre diferencia acertadamente entre, como decía mi maestro, tubérculo y ver tu culo, aunque sí sepa amotinarse antes que renovarse y avanzar de verdad hacia el futuro. Y sí, siempre que tengo ocasión, lo confieso, departo apasionadamente con don Rodrigo de Arista sobre el honor, la traición, la mezquindad o la lealtad. Vivir es una costumbre, envejecer un premio y soñar al tiempo que madurar un privilegio.