OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Virgenciita

27/02/2020

Los dulces son mi debilidad. Me atraen, atrapan y dominan. Qué no haría yo por un pastel, un bizcocho o un helado enorme. Cierto es que no soy especialmente exquisito; me basta cualquier bollito, galleta o torta para que la sonrisa más sincera brote en mí. A este tenor recuerdo especialmente un viaje que hace años realicé para conocer el sistema público neerlandés vinculado a lo que aquí llamaríamos reformatorios o correccionales de menores. El primer día, tras una sesuda sesión que dio comienzo a muy tempranas horas, nuestras cabezas estaban a punto de explotar. De repente, la puerta de la sala se abrió y entró un señor con un carrito, lleno a rebosar, de platos con porciones de tartas diversas, bizcochos de mil colorines, cafés, infusiones y todo lo imaginable en un buen desayuno. Nuestras caras cambiaron al constatar que los destinatarios de aquellos manjares éramos nosotros. Cuándo nos dieron a elegir entre tanta variedad, creí soñar. Seguimos trabajando al tiempo que, entre intervenciones y gestiones, metíamos cuchara o sorbíamos café. Alucinados, les dimos las gracias por tal deferencia no siendo ese gesto sino el preámbulo de unas caras de sorpresa y sonrisas malévolas, adoptadas en este caso por nuestros anfitriones. A renglón seguido, y no sin cierta sorna, nos dijeron que ellos habían comprobado hacía mucho tiempo que les salía más rentable y productivo el hecho de invitar a desayunar en el propio trabajo a los empleados, antes que darles tiempo para que lo hiciesen fuera del mismo. Posteriormente, ellos mismos hicieron alusión detallada a las costumbres que al respecto había en nuestro país. De regreso a casa, al contar la vivencia a unos amigos, tras un silencio reflexivo uno me dijo: déjate,… Virgencita, virgencita, que me quede como estoy aunque me tenga que pagar yo mismo cada día la gasolina de ir a desayunar a casa y de paso hacer la compra.