OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Ellos

19/05/2020

El tiempo, lejos de ser controlado, somete. Creí en mi capacidad para dominarlo pero ahora soy esclavo de tan ciclotímico compañero de viaje. Abrumado por obligaciones que consumirían mis horas, hoy me libero de la condena y buceo en mis recuerdos. Pronto, la alegría me invade por lo mucho vivido, haciendo hueco para la tristeza por aquellos que difícilmente experimentarán algunas de mis vivencias. Siento compasión al constatar que algunos incluso las ven como trastornos de mi personalidad. Y siento pena por ellos. Dolor por quienes nunca vivirán una noche de mayos, por aquellos que jamás experimentarán qué se siente al despertar en una madrugada fría, en pleno descampado, empapado de rocío y en un saco de dormir. Lástima por quienes jamás verán la televisión en un Teleclub, por los que nunca irán a coger agua en un botijo a una fuente a 500 metros de donde vives, por quienes nunca jugarán, en la puerta de casa y sin miedo al tráfico, montados en un coche de pedales. Desconsuelo por los que ven con desdén lo relacionado con los quintos o, simplemente, no tienen ni puñetera idea de lo que son. Aflicción por los que nunca se subirán a una trilla, darán vueltas en una era o verán conejos y zorros correr cerca de una tinada. Pesar por los que encuentran la mayor felicidad para ellos imaginable levantándose un domingo a las 12,00 y no en una oquedad rocosa con una taza ardiente de tu escudillómetro como única posibilidad remota de entrar en calor. Siento zozobra por los que se han perdido la posibilidad de hacer un periódico juvenil, tocar el armónium en la misa de su pueblo, coger nidos en el campo, hacer fotografías con una cámara de fotos analógica o esperar a que llegue el domingo por la tarde para, con sus amigos, ver la última de Fantomas en el Cineclub Lumiere. Hoy me siento afortunado por haber vivido ayer lo inimaginable hoy por ellos.